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¿Cómo pueden cometer tales atrocidades y hacerse explosionar a ellos mismos?

Queremos pensar que alguien que se hace explosionar a sí mismo con el objetivo de llevarse por delante a la mayor cantidad de gente posible, sin que le importe lo más mínimo que se trate de niños, alguien así, tiene que estar mal de la cabeza. Pero la realidad es que son personas “normales” que han elegido hacer cosas espeluznantes

Eso es lo más terrorífico de todo este fenómeno de los atentados suicidas. Cuando vemos por televisión a los vecinos, o los conocidos, diciendo que el terrorista que se acaba de inmolar en el metro, o en el aeropuerto, era ”un chico agradable y educado”, o que “ayudaba a su vecina”, o que “era muy normal” no es que hayan sido espectadores de un “teatro” para no levantar sospechas. Lo tremendo es que describen la realidad, aunque sea difícil de aceptar.

Las personas que realizan este tipo de atrocidades no padecían ninguna alteración mental ni ningún trastorno de la personalidad que les hiciera futuros terroristas en potencia. No eran psicópatas. Al contrario, su perfil era todo lo contrario. Los individuos antisociales son incapaces de integrarse en ningún tipo de grupo. Su desmesurado egoismo les impide seguir las reglas dictadas por la organización, lo que supone problemas organizativos casi insalvables para planificar acciones terroristas. Hay que tener en cuenta que la práctica totalidad de las acciones terroristas se llevan a cabo por grupos. Los atentados yihadistas no son la excepción. La inmensa mayoría de los ataques islamistas ocurridos en el mundo son ejecutados por organizaciones yihadistas y solo en contadas ocasiones por “lobos solitarios”.

Tampoco son paranoicos que viven una realidad de amenaza inminente fruto de su delirio. Ni siquiera se puede decir que hayan dado el paso a la actividad terrorista como  consecuencia de su radicalización. Personas con creencias extremistas no son un fenómeno nada extraordinario en el mundo en que vivimos, pero sólo una minoría realizan actos violentos.

Se tienen que dar otros factores que, además, no aparecen de golpe sino paulatinamente. Dentro del patrón típico existe, en primer lugar, una experiencia de ultraje, de humillación, del que surge el deseo de combatirlo. Son necesidades éticas o motivacionales en las que su grupo social (la familia, la mezquita, sus colegas de siempre) creen que falló en su esfuerzo. Lo sienten así porque si sus padres o abuelos hubieran tenido éxito, ellos sentirían que pertenecen a su país en vez de sentirse marginados.

Algunas de estas personas entran en contacto con entornos donde se les va adoctrinando en la idea de identificar el agresor con un colectivo determinado al que termina deshumanizando -identifican al occidental o al que practica otra religión como “el perro infiel”-. Algunos, son reclutados en espacios donde se crean estos grupos – cárceles, ciertos barrios, grupos juveniles – Otros, buscan a través de las redes sociales, o por conocidos en las mismas circunstancias, entrar en esos entornos yihadistas. En cualquier caso, acaban formando parte de ese grupo y rompiendo con su vida anterior, como si entraran a formar parte de una nueva familia en ese renacer. Es habitual que digan que “los padres no saben nada” o que “ellos conocen la verdad” o que “han sido elegidos por Dios”. Finalmente, algunos de ellos acaban legitimando la violencia y pasan a realizar un atentado terrorista. 

El mundo asiste a una nueva forma de terrorismo de corte islamista. Estábamos acostumbrados a mujeres vestidas de negro y con la cara cubierta que, de alguna manera, eran empujadas a inmolarse en atentados cuidadosamente organizados. Hoy son jóvenes, muchos de ellos europeos, que van a cara descubierta. No necesitan entrenamiento previo porque para los atentados del Daesh lo único que se necesita es motivación. Y ellos la tienen. No precisamente una motivación religiosa ni un paraíso con 70 vírgenes al otro lado del detonador (la gente es capaz de engañarse, incluso a sí misma). Se trata, más bien, de dar salida a su frustración y sentido a sus vidas, aunque, paradójicamente, para conseguirlo deban morir. Porque nadie dijo que el Daesh contrataría seguros de vida para proteger a sus “empleados”. Y ellos ya sabían a lo que iban…..

Ana Lizando

 

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