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“Nos hemos creído que no valemos nada”: la invisibilizada realidad de una trabajadora de la limpieza de la UPNA

8-M

Foto: Laura Martínez, durante la entrevista

Reportaje por Lydia Mangado González

Pamplona-Iruña, 14 de marzo de 2019

Laura Martínez tiene 23 años, es de Mutilva y estudia criminología en la UNED. Se pasa todas las madrugadas en vela, y no porque salga de fiesta. Todos los días se levanta muy temprano, coge el coche y se desplaza hasta la UPNA, donde trabaja, de cinco a ocho de la mañana, en el servicio de limpieza.

Empezó hace ya dos años a través de una conocida. Sin embargo, tiene pensado intentar trabajar “de lo suyo” en el futuro.

Laura rompe con la idea tradicional que se tiene de una “señora de la limpieza”, pero es la excepción. Trabaja junto a más de 80 compañeras, casi todas mujeres de unos 50 años. «Se trata de un sector feminizado». Los hombres ocupan un puesto de peón especialista y tienen jornada completa. La empresa achaca este «techo de pladur» a una cuestión de fuerza, ellos manejan máquinas, levantan sillas o tiran la basura. Pero, en verano y vacaciones de Semana Santa y Navidad, las mujeres hacen limpiezas generales en las que realizan esas actividades para las que, en teoría, no tienen capacidad física. Si una mujer está de baja, son ellos los que muchas veces las sustituyen, cobrando su sueldo habitual, mucho mayor.

«He escuchado a compañeras mías decir que nosotras limpiamos mejor por naturaleza»

«He escuchado a compañeras mías decir que nosotras limpiamos mejor por naturaleza. Limpiar no es una cuestión de biología o genética, cuando yo comencé en este puesto no había limpiado nunca, y aprendí sobre la marcha». Laura cree que esta falsa idea es una cuestión de educación. «Recuerdo que, cuando era pequeña, el castigo en el colegio por portarnos mal consistía en limpiar la clase. Creo que se asocia la limpieza a algo inferior, y por ende, a las mujeres». «Tengo un compañero al que siempre confunden con un empleado de mantenimiento y a la única mujer que trabaja en ese puesto, siempre la confunden con una señora de la limpieza. Tenemos que cambiar esa asociación».  

Aunque no lo parezca, el puesto de limpiadora, es un empleo de riesgo. Por un lado están las «enfermedades de la limpieza». Muchas de las mujeres llevan años trabajando en el mismo puesto y tienen problemas de articulaciones. Además, tras el incendio del edificio de la universidad Los Olivos, en noviembre de 2017, las chicas se enfrentaron a unas condiciones sanitarias nefastas.

Pero, por si todo esto no fuera suficiente, su condición de mujeres añade un peligro mayor al oficio. «Me contaron que antes de que yo trabajara aquí, intentaron agredir sexualmente a una chica que venía caminando desde su casa al trabajo. Tuvo la inmensa suerte de que otras compañeras que iban en coche la vieron y pararon para socorrerla».

«Somos como fantasmas, duendes que limpian por arte de magia, sin que nadie los vea»

El trabajo del servicio de limpieza está injustamente infravalorado. «Nosotras salimos de trabajar a las 8 de la mañana, cuando llegan los estudiantes, somos como fantasmas, duendes que limpian por arte de magia, sin que nadie los vea». «Hay veces que los estudiantes me han ignorado al cruzarse conmigo, como si no estuviera». «Nosotras nos pegamos unos madrugones para venir a trabajar y que todo esté limpio, y en lugar de intentar favorecernos, parece que la gente no sepa para qué funciona una papelera».

Con todo esto, no es de extrañar que Laura se haya encontrado con amigas que le pregunten si le da vergüenza trabajar en el servicio de limpieza de la universidad. «Parece que quien trabaja limpiando es porque no ha querido estudiar y no es capaz de hacer otra cosa. Tengo compañeras que son especialistas en otros ámbitos pero que por circunstancias de la vida han decidido dedicarse a esto, algo igualmente digno y válido».   

La mayor parte de las limpiadoras están pluriempleadas. El sueldo que ganan, 400€ al mes por trabajar tres horas al día, cinco días a la semana, no es suficiente para sobrevivir. «Muchas compañeras trabajan en otros sitios, incluso 11 horas no continuas al día. El cuerpo no aguanta ese ritmo, acaban viviendo para trabajar, pero no pueden arriesgarse a rechazarlo, porque no saben si el mes que viene tendrán empleo».

De esta situación de precariedad se aprovechan sus superiores. «Hay una compañera a la que la encargada le pidió que limpiara el coche del rector de la universidad. Yo le dije que no tenía ninguna obligación de hacerlo, pero juegan con el poder que les da su puesto y con el miedo a que te despidan o empeoren tus condiciones ».

Laura y sus compañeras trabajan para Limpiezas y Servicios Maju S.L. El año pasado salió a concurso la subcontrata y la UPNA sacó los presupuestos por debajo de la Ley de Contratos del Sector Público, que se aprobaba apenas dos días después. El Tribunal Administrativo de Navarra calificó el pliego como ilegal, por lo que otra de las empresas que optaban al concurso denunció los presupuestos. La universidad lo impugnó, amparándose en esos dos días de margen estratégico en que los publicó.

Esta situación perjudicó directamente a las trabajadoras, a las que repercute en forma de recortes, despidos, y ampliación de las cargas de trabajo. Algo que solo deteriora todavía más la tesitura en la que se encuentran desde el año 2013, cuando, debido a la crisis, las 80 personas actuales pasaron a realizar el trabajo de 120.

Ahora la situación está paralizada en los tribunales, por lo que esto puede «alargarse y alargarse». Por eso, la única opción que les queda es organizarse, entre ellas y con los que se ven afectados de forma indirecta. «Creo que sería clave que los estudiantes y el personal docente y de administración de la universidad pusieran quejas formales masivamente. Sería muy llamativo y ayudaría a hacer ver que nuestras reclamaciones no son fruto de la exageración, sino que hay un problema real».

Pero lograr un cambio efectivo será complicado sin la unidad que Laura echa de menos en su puesto. «Mis compañeras se enfrentan continuamente entre ellas, creyendo que eso les otorgará ventajas individuales. Falta apoyo, sería muy fácil y bonito que, siendo todas mujeres, nos arropáramos las unas a las otras».

Y el 8 de marzo es toda una oportunidad para lograr esa sororidad y visibilizar todas esas injusticias.

El 8M es, según dice Laura, un día de emoción. «Cada vez más personas se plantean el feminismo y reflexionan sobre asuntos que antes parecían inamovibles».

«El año pasado dos de las más de 80 trabajadoras hicimos huelga. Este año hemos sido siete, por lo que para mí el balance de la jornada es absolutamente positivo. Poco a poco vamos sumando y haciendo más unión. Yo respeto a quien no hace huelga laboral, pero creo que la repercusión que tendría que todas parasemos por un día sería muy mediática».

«Nos han convencido de que no valemos nada»

El problema es que muchas de las compañeras de Laura no ven el impacto real que tendría su ausencia. «De cara al 8M, había muchas que pensaban que su parón de tres horas no iba a ser significativo. Nos han convencido de que no valemos nada y que nuestro trabajo no tiene trascendencia. Nos hemos creído que somos fantasmas».

Laura, que se declara feminista radical, cree que el cambio llegará con una toma de conciencia previa y una extrapolación posterior. «No podemos luchar por un mensaje en el que no creemos. Quiero que mis compañeras se den cuenta de lo valiosas que son, como mujeres y como trabajadoras, porque sin su labor, muchas personas no podrían trabajar y estudiar a diario».

Se trata de trabajar limpiando por ensuciar ese techo de pladur, para que cada vez sea más feo y visible, y ya nadie pueda negarlo.

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