En la película Joker, Arthur Fleck es un hombre arrastrado por una sociedad que necesita monstruos para justificar su propia violencia. Un payaso convertido en chivo expiatorio. Un personaje que, al ser señalado, acaba cumpliendo el papel que le asignan.
En Pamplona, salvando las distancias, ha ocurrido algo inquietantemente similar: un corredor disfrazado de bufón —figura histórica del carnaval, del exceso, del espejo deformante que revela verdades incómodas— ha sido convertido en villano mediático en cuestión de horas.
En pleno quinto encierro de San Fermín, este corredor fue detenido por la Policía Municipal acusado de grabar con un móvil durante la carrera y hacerse un selfie delante de los astados. La escena, repetida en titulares y comentarios de redes, ha sido presentada como infracción grave, una amenaza al orden del encierro. Sin embargo, las imágenes completas muestran algo muy distinto: el corredor no grababa nada. Recogía del suelo un móvil de otro participante (el auténtico infractor).
La plaza de toros, ese anfiteatro donde la multitud exige emoción o sangre, se convirtió en el escenario perfecto para la narrativa del "Joker peligroso", igual que ese programa de televisión que conducía en la película Murray Franklin, el personaje que interpretaba Robert De Niro. Y su público, siempre hambriento de carnaza, hizo el resto: insultos, burlas, condenas instantáneas, rabia, deseos de agresiones y cosas que prefiero ahorrarme. La máquina de señalamiento funcionó con la misma precisión que en el largometraje de Todd Phillips.
San Fermín es una fiesta profundamente popular, pero también profundamente vigilada. Cada año se refuerzan normas, protocolos… y está bien: la seguridad importa. Pero cuando la fiesta se convierte en un espacio donde la masa popular crea su propio relato, es el espíritu sanferminero el que se resiente. No sé si el Joker del encierro se merece todo el odio recibido. Pero su imagen —su máscara, su maquillaje, su condición de bufón— era demasiado tentadora para quienes necesitan un culpable rápido.
Es poético, en el sentido más triste del término, que el personaje elegido para acabar en el patíbulo sea precisamente un payaso. El bufón siempre ha sido la figura que el poder señala cuando necesita reafirmarse. Y en San Fermín, donde la fiesta pertenece al pueblo, resulta especialmente doloroso ver cómo algunos intentan convertir la celebración en un circo donde solo ellos deciden quién es el payaso y quién no.
Da miedo la velocidad con la que se difundió una versión incompleta, sin contraste, sin revisión de imágenes, sin una mínima responsabilidad. El periodismo, cuando renuncia a verificar, deja de informar y empieza a fabricar villanos.
El Joker de San Fermín fue condenado igual que el que interpretó Joaquin Phoenix. La sociedad, igual que la Gotham de la película, necesita símbolos para canalizar su frustración. Y esta vez, el símbolo fue un corredor disfrazado.
Quizá esta historia sirva para algo. Para recordar que San Fermín es una fiesta viva, plural, popular, donde caben la tradición y la creatividad, el respeto y la irreverencia. Para recordar que, a veces, el bufón es quien mejor revela las grietas del sistema. El Joker no es un villano. Es un espejo.
Firmado por Guillermo Rojo
