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Sofía Remón, la psicóloga pamplonesa que encuentra equilibrio sobre el ring

Doctora en Psicología y boxeadora amateur, Sofía Remón ha vuelto a competir tras años de parón y acaba de ganar el oro en Galicia.

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Sofía Remón

Sofía Remón y Joxe Vicente Eguzkiza

En el imaginario colectivo, el boxeo suele asociarse al golpe, al ruido del guante contra el saco o al combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, para Sofía Remón Chozas (Pamplona, 32 años), el boxeo es justo lo contrario de la violencia: es equilibrio, salud mental y una forma de entender la vida.

Doctora en Psicología, pamplonesa con raíces toledanas y deportista desde la infancia, Sofía representa una realidad cada vez más visible pero aún poco conocida: la de profesionales altamente cualificados que encuentran en el deporte de contacto un espacio de bienestar personal, crecimiento emocional y comunidad.

Su historia es también la de una vuelta. Tras varios años sin competir por motivos laborales, acaba de regresar al ring con un resultado contundente: oro en su categoría de menos de 48 kilos en una competición celebrada en Marín (Galicia). Pero para entender lo que significa ese triunfo hay que retroceder varios años atrás.

Del deporte escolar al descubrimiento del combate

Sofía siempre ha practicado deporte. Como muchos jóvenes, creció vinculada a la actividad física sin imaginar que terminaría subiéndose a un ring.

El primer contacto con los deportes de combate llegó lejos de Navarra. Tenía 18 o 19 años y estudiaba en Salamanca cuando, casi por casualidad, decidió apuntarse junto a una compañera de piso a un gimnasio cercano. Allí descubrió el sanda, una disciplina que combina golpes, patadas y proyecciones.

“Era algo social, divertido, sin ninguna intención competitiva”, recuerda. Aquella experiencia, más lúdica que deportiva, sembró sin embargo una semilla que tardaría años en desarrollarse.

Tras su etapa universitaria se trasladó a A Coruña. Fue allí donde el boxeo apareció de forma definitiva en su vida. Durante tres años entrenó con regularidad y empezó a entender que aquel deporte tenía algo diferente.

Cuando decidió regresar a Pamplona en 2019, sus compañeros gallegos le hicieron una recomendación clara: debía entrenar en el gimnasio Kanku Eguzkiza de Burlada. Nada más llegar, cruzó la puerta del club y encontró algo más que un lugar donde entrenar.

Encontró equipo.

De afición a competición

El salto de aficionada a competidora no fue inmediato. Como ocurre con muchos boxeadores amateurs, la decisión nació poco a poco, observando a otros compañeros entrenar y participar en veladas.

“Siempre he sido bastante cabezona”, reconoce entre risas. Ver a sus compañeros subir al ring despertó una pregunta inevitable: ¿y por qué no yo?

Entre 2022 y 2023 disputó cuatro o cinco combates. No existía una planificación estricta; las oportunidades surgían cuando coincidían rivales, peso y calendario. El boxeo amateur tiene esa naturaleza imprevisible.

A diferencia de otros deportes, no hay partidos cada fin de semana. Cada combate exige preparación, compromiso y disponibilidad personal.

Y entonces llegó el parón.

Cuando el trabajo desplaza al deporte

Durante tres años, las exigencias laborales alejaron a Sofía del boxeo competitivo. La falta de tiempo para entrenar al nivel necesario terminó pasando factura.

Fue entonces cuando su doble mirada —la de deportista y la de psicóloga— empezó a cobrar especial sentido.

“Mi salud mental se debilitó bastante”, explica con naturalidad.

La ausencia del deporte dejó un vacío difícil de llenar. No solo echaba de menos el ejercicio físico, sino todo lo que lo rodea: rutina, compañerismo, objetivos y sensación de progreso.

Esa experiencia personal refuerza algo que observa a diario en su trabajo clínico: la estrecha relación entre movimiento y bienestar psicológico.

El regreso: cuatro meses para volver a creer

La decisión de volver llegó hace apenas unos meses. Retomó los entrenamientos con intensidad y con una meta clara: comprobar si seguía siendo capaz de competir.

Durante cuatro meses se preparó a conciencia. Volvió la disciplina, el cansancio acumulado, la exigencia y también la ilusión.

El resultado llegó la semana pasada en Marín. Dos combates, dos victorias y una medalla de oro que simboliza mucho más que un triunfo deportivo.

Fue la confirmación de que el esfuerzo había merecido la pena.

“Quería demostrarme que podía hacerlo, que el trabajo había salido”, explica. La satisfacción no procedía únicamente de ganar, sino de recuperar una parte esencial de sí misma.

El boxeo como salud mental

Cuando se le pregunta qué le aporta el boxeo, Sofía no duda en el orden de la respuesta: primero salud mental, después salud física.

Para ella, el ring funciona como un espacio de estabilidad emocional. Le aporta seguridad, felicidad, disciplina, fuerza y equilibrio.

Lejos del tópico del deportista solitario, insiste en que el boxeo es profundamente colectivo. El gimnasio, los entrenadores y los compañeros forman una red de apoyo que convierte cada entrenamiento en algo compartido.

“Quien dice que el boxeo es individual probablemente no lo ha practicado”, afirma.

Ese sentimiento de pertenencia resulta clave. El deporte deja de ser solo ejercicio para convertirse en comunidad.

La mirada de la psicóloga

Su formación académica añade una perspectiva interesante al relato. Como doctora en Psicología, Sofía conoce bien los efectos del deporte sobre el cerebro y las emociones.

Habla de hormonas como la oxitocina, del impacto del movimiento en la ansiedad y la depresión y del papel del ejercicio en la regulación emocional.

Pero más allá de la teoría científica, destaca algo más sencillo: el deporte ayuda a sentirse bien con uno mismo.

En el boxeo, además, el propio cuerpo se convierte en herramienta. Manos, piernas, respiración y mente trabajan juntas. Esa conciencia corporal genera seguridad emocional.

“Cuando aprendes a controlar tu cuerpo, también ganas control emocional”, resume.

Por eso su consejo es claro: no todo el mundo tiene que practicar boxeo, pero todo el mundo debería encontrar su deporte.

Defender un deporte incomprendido

El boxeo sigue arrastrando prejuicios sociales. Para muchas personas sigue siendo simplemente “darse golpes”. Sofía sonríe ante esa idea.

Define el boxeo como un deporte técnico, de control y de honor.

Cada golpe exige coordinación completa: pies, cadera, brazos, defensa y estrategia. Nada ocurre por casualidad. Lo que desde fuera parece un impacto rápido es, en realidad, el resultado de una compleja coreografía corporal.

“Es como un baile”, explica.

Además, subraya un valor que sorprende a quienes nunca han entrado en un gimnasio de boxeo: la humildad. El ego y la prepotencia tienen poco recorrido sobre el ring. Después de cada combate llega el abrazo.

El respeto al rival forma parte esencial del aprendizaje.

El miedo también entrena

Uno de los aspectos más interesantes de su experiencia tiene que ver con el miedo. Contra lo que podría pensarse, no lo considera un enemigo.

Al contrario: es necesario.

Entrar al ring implica aceptar que vas a golpear y que también pueden golpearte. Esa conciencia obliga a enfrentarse a uno de los miedos más primarios del ser humano.

Superarlo genera una sensación difícil de explicar fuera del deporte.

“No es tanto luchar contra el otro como contra ti misma”, reflexiona.

Ese combate interior, dice, tiene aplicaciones más allá del ring. Aprender a actuar pese al miedo ayuda a relativizar problemas cotidianos y fortalece la confianza personal.

Una historia de proximidad

La historia de Sofía Remón no es la de una deportista profesional mediática ni la de una campeona internacional. Es algo quizá más cercano: la historia de una vecina de Pamplona que combina trabajo, investigación académica y pasión deportiva.

Su trayectoria demuestra que el deporte competitivo no pertenece solo a la élite ni a edades tempranas. También puede formar parte de la vida adulta, convivir con una carrera profesional exigente y convertirse en herramienta de cuidado personal.

En una sociedad marcada por el estrés, el sedentarismo y los problemas de salud mental, su experiencia lanza un mensaje sencillo pero poderoso: moverse importa.

Da igual si es boxeo, natación, ciclismo o baile. Lo esencial es encontrar aquello que conecte cuerpo y mente.

Mirando al futuro

Tras el oro conseguido en Galicia, Sofía no plantea objetivos grandilocuentes. Prefiere centrarse en seguir disfrutando del proceso: entrenar, aprender y mantenerse activa dentro del equipo que considera su segunda familia.

El boxeo ya no es solo una afición ni únicamente una competición. Es un espacio de equilibrio personal.

Quizá por eso su historia conecta con tantas personas: porque habla de volver, de reencontrarse y de descubrir que, a veces, la verdadera victoria no está en el resultado del combate, sino en atreverse a subir de nuevo al ring.

Y en Pamplona, entre consultas psicológicas y sesiones de entrenamiento, Sofía Remón sigue demostrando que mente y puños pueden avanzar en la misma dirección.

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