El cambio climático forma parte desde hace algunos años de la conversación pública. Aparece en las noticias cuando se registran temperaturas excepcionales, durante periodos de sequía, ante grandes incendios, o cuando se producen DANAs y lluvias torrenciales con daños importantes. Pero también está presente de una manera más cotidiana, en conversaciones sobre cómo han cambiado las estaciones, cuándo florecen determinadas especies o qué diferencias percibimos en la meteorología respecto a unas décadas atrás.
A esa conversación climática se incorporan continuamente datos, mapas, gráficas e indicadores. Una cifra puede ser muy significativa y, sin embargo, decir poco si no sabemos qué representa, cómo se ha obtenido o con qué podemos compararla. El reto está en hacer que esos datos puedan leerse sin perder su significado científico.
Ahí adquiere especial importancia la manera en que contamos esos datos: explicar de dónde proceden, qué muestran y cuáles son sus limitaciones, pero también relacionarlos con aquello que ya estamos percibiendo y viviendo. Los datos pueden ayudar a poner medida y contexto a cambios que muchas personas reconocen en su entorno: menos días de helada, noches más cálidas, periodos de calor que se alargan, cambios en las fechas de las cosechas o una mayor presencia y duración de determinadas plagas.
El año pasado tuve ocasión de hacer un pequeño ejercicio de este tipo para la revista del Día del Valle de Gesalatz, que esa vez se celebraba en Arzotz. El artículo partía de una frase muy habitual: «ya no nieva como antes». No se planteaba como una conclusión, sino como una pregunta: ¿es realmente así?
Ese planteamiento permite conectar una experiencia ahora cotidiana con la forma en que se construye el conocimiento climático. En lugar de presentar directamente una serie de gráficos, se explica de dónde salen los datos y cómo se han tratado. El interés comunicativo está en que quien recibe la información puede seguir el recorrido desde una percepción conocida hasta una representación cuantitativa de esa misma realidad, entendiendo además qué parte procede de mediciones directas y qué parte requiere una estimación. En otras palabras, se trata de partir de algo reconocible para llegar a los datos que permiten entenderlo.
En el artículo de Gesalatz se analizaron tres indicadores (la evolución del calor, la cantidad estimada de nieve y la duración del verano) que acababan apuntando en una misma dirección: temperaturas más altas, menos nieve y veranos más largos. Ese era el resultado final que recogía el texto, pero desde el punto de vista de la comunicación lo más relevante no era solo la conclusión, sino cómo se llegaba hasta ella: explicando qué se había medido, cómo se habían tratado los datos y qué significaba cada cambio en términos comprensibles. Además, los resultados permitían reconocer en los datos cambios que ya formaban parte de la experiencia cotidiana en el valle.
Hacer comprensible un resultado tampoco significa presentarlo con más seguridad de la que realmente tiene. Es importante explicar cómo se han obtenido los datos, cuáles son sus limitaciones y hasta dónde permiten llegar. En el caso de la nieve, por ejemplo, no se disponía de una serie completa de mediciones directas, por lo que fue necesario estimar qué parte de la precipitación podía haber caído en forma de nieve a partir de la temperatura media diaria. Explicar estas limitaciones ayudaba a interpretar mejor los resultados y a no atribuirles una precisión mayor de la que realmente tenían. A partir de ahí, los propios datos eran suficientemente expresivos y no necesitaban reforzarse con un lenguaje especialmente enfático.
El vínculo entre datos y experiencia puede ser una de las herramientas más útiles de la comunicación climática. El cambio climático no se percibe únicamente a través de un termómetro. También aparece en los calendarios agrícolas, en la disponibilidad de agua, en los ciclos de determinadas especies o en los cambios que detectan quienes llevan décadas viviendo y trabajando en un mismo territorio.
Estas experiencias no sustituyen a los datos, pero pueden ayudarnos a formular preguntas y a reconocer cambios que, una vez analizados, adquieren un significado más amplio. Cuando aquello que percibimos en nuestro entorno coincide con tendencias sostenidas en los registros, el cambio climático deja de ser una realidad abstracta y pasa a formar parte de nuestra experiencia directa.
En este sentido, acercar la comunicación climática al territorio significa partir de lo que ocurre en el entorno más próximo, de lo que sus habitantes observan y de los datos que permiten comprender esos cambios. Esa conexión entre conocimiento científico y experiencia compartida puede ayudar a construir una percepción común del problema y a reforzar la capacidad de un municipio para afrontar conjuntamente el reto ambiental.
A partir de ahí, el siguiente paso es actuar. Por un lado, buscar estrategias de adaptación a unas condiciones que ya están cambiando; por otro, reducir las emisiones que impulsan ese cambio. Percibir en nuestro entorno cercano las consecuencias de un fenómeno global puede ayudar a comprender mejor por qué son necesarias ambas cosas y a tomar decisiones más conscientes, tanto individual como colectivamente. «Ya no nieva como antes» era solo el punto de partida.
Iñaki Ordóñez Etxeberria – Astrofísico. Fundación Clima / Klima Fundazioa
El cambio climático forma parte desde hace algunos años de la conversación pública. Aparece en las noticias cuando se registran temperaturas excepcionales, durante periodos de sequía, ante grandes incendios, o cuando se producen DANAs y lluvias torrenciales con daños importantes. Pero también está presente de una manera más cotidiana, en conversaciones sobre cómo han cambiado las estaciones, cuándo florecen determinadas especies o qué diferencias percibimos en la meteorología respecto a unas décadas atrás.
A esa conversación climática se incorporan continuamente datos, mapas, gráficas e indicadores. Una cifra puede ser muy significativa y, sin embargo, decir poco si no sabemos qué representa, cómo se ha obtenido o con qué podemos compararla. El reto está en hacer que esos datos puedan leerse sin perder su significado científico.
Ahí adquiere especial importancia la manera en que contamos esos datos: explicar de dónde proceden, qué muestran y cuáles son sus limitaciones, pero también relacionarlos con aquello que ya estamos percibiendo y viviendo. Los datos pueden ayudar a poner medida y contexto a cambios que muchas personas reconocen en su entorno: menos días de helada, noches más cálidas, periodos de calor que se alargan, cambios en las fechas de las cosechas o una mayor presencia y duración de determinadas plagas.
El año pasado tuve ocasión de hacer un pequeño ejercicio de este tipo para la revista del Día del Valle de Gesalatz, que esa vez se celebraba en Arzotz. El artículo partía de una frase muy habitual: «ya no nieva como antes». No se planteaba como una conclusión, sino como una pregunta: ¿es realmente así?
Ese planteamiento permite conectar una experiencia ahora cotidiana con la forma en que se construye el conocimiento climático. En lugar de presentar directamente una serie de gráficos, se explica de dónde salen los datos y cómo se han tratado. El interés comunicativo está en que quien recibe la información puede seguir el recorrido desde una percepción conocida hasta una representación cuantitativa de esa misma realidad, entendiendo además qué parte procede de mediciones directas y qué parte requiere una estimación. En otras palabras, se trata de partir de algo reconocible para llegar a los datos que permiten entenderlo.
En el artículo de Gesalatz se analizaron tres indicadores (la evolución del calor, la cantidad estimada de nieve y la duración del verano) que acababan apuntando en una misma dirección: temperaturas más altas, menos nieve y veranos más largos. Ese era el resultado final que recogía el texto, pero desde el punto de vista de la comunicación lo más relevante no era solo la conclusión, sino cómo se llegaba hasta ella: explicando qué se había medido, cómo se habían tratado los datos y qué significaba cada cambio en términos comprensibles. Además, los resultados permitían reconocer en los datos cambios que ya formaban parte de la experiencia cotidiana en el valle.
Hacer comprensible un resultado tampoco significa presentarlo con más seguridad de la que realmente tiene. Es importante explicar cómo se han obtenido los datos, cuáles son sus limitaciones y hasta dónde permiten llegar. En el caso de la nieve, por ejemplo, no se disponía de una serie completa de mediciones directas, por lo que fue necesario estimar qué parte de la precipitación podía haber caído en forma de nieve a partir de la temperatura media diaria. Explicar estas limitaciones ayudaba a interpretar mejor los resultados y a no atribuirles una precisión mayor de la que realmente tenían. A partir de ahí, los propios datos eran suficientemente expresivos y no necesitaban reforzarse con un lenguaje especialmente enfático.
El vínculo entre datos y experiencia puede ser una de las herramientas más útiles de la comunicación climática. El cambio climático no se percibe únicamente a través de un termómetro. También aparece en los calendarios agrícolas, en la disponibilidad de agua, en los ciclos de determinadas especies o en los cambios que detectan quienes llevan décadas viviendo y trabajando en un mismo territorio.
Estas experiencias no sustituyen a los datos, pero pueden ayudarnos a formular preguntas y a reconocer cambios que, una vez analizados, adquieren un significado más amplio. Cuando aquello que percibimos en nuestro entorno coincide con tendencias sostenidas en los registros, el cambio climático deja de ser una realidad abstracta y pasa a formar parte de nuestra experiencia directa.
En este sentido, acercar la comunicación climática al territorio significa partir de lo que ocurre en el entorno más próximo, de lo que sus habitantes observan y de los datos que permiten comprender esos cambios. Esa conexión entre conocimiento científico y experiencia compartida puede ayudar a construir una percepción común del problema y a reforzar la capacidad de un municipio para afrontar conjuntamente el reto ambiental.
A partir de ahí, el siguiente paso es actuar. Por un lado, buscar estrategias de adaptación a unas condiciones que ya están cambiando; por otro, reducir las emisiones que impulsan ese cambio. Percibir en nuestro entorno cercano las consecuencias de un fenómeno global puede ayudar a comprender mejor por qué son necesarias ambas cosas y a tomar decisiones más conscientes, tanto individual como colectivamente. «Ya no nieva como antes» era solo el punto de partida.
Iñaki Ordóñez Etxeberria – Astrofísico. Fundación Clima / Klima Fundazioa